miércoles, diciembre 20, 2006

Genio Fontanarrosa
















Sé que es difícil conseguir su narrativa, obra literaria tan vasta y divertida como inteligente. Más fácil es hacerse de sus libros de historietas, ya que en México han circulado lo suficiente como para ubicarlo como dibujante excepcional. Tuve el privilegio de conocerlo personalmente en la FIL de Guadalajara, de comprar dos de sus mejores libros de cuentos y sobre todo de escucharlo y deslumbrarme: Roberto Fontanarrosa, el creador de Boogie el Aceitoso, me dejó pasmado y con toda conciencia puedo afirmar que nunca había oído a alguien que manejara el humor oral con tanto veneno, inteligencia, ternura y desenfado juntos.
Nacido en Rosario, Argentina, en 1944, el Negro Fontanarrosa ha figurado sobre todo como dibujante, pero creo con absoluta firmeza que si nomás contáramos sus novelas y sus cuentos pasaría muy fácilmente como destacadísimo escritor. Es, pues, una rara mezcla de monero/narrador, y en ningún caso desmerece, pues cuando dibuja narra a la perfección y cuando narra sabe recrear situaciones, ambientes y personajes como si los estuviera dibujando. Es el humor su principal virtud, por supuesto, pero es necesario distinguir qué tipo de humor se gasta el rosarino: no es (ni en sus monos ni en sus relatos) el cuentachistes seudogracioso que inventa historias vacías, chistoretes a la manera de algunos columnistas cursis. Fontanarrosa, como un Quino elevado al cubo, siempre observa la realidad y encuentra el lado casi filosófico del humor negro. Sus historias tienen, lo comprobé al oírlo, una suerte de brutal frescura, una riqueza de matices que hace de sus ocurrencias un deleite para quien no sólo cree en el humor del pastelazo verbal, sino en las posibilidades de la comicidad (por llamarla de algún modo) maldita.
Si me pidieran recomendar sus libros esenciales, indudablemente empezaría por los cuentos reunidos en La mesa de los galanes. En cuanto a sus títulos de monos, son imprescindibles Inodoro Pereyra, Boogie el Aceitoso y Semblanzas deportivas; no sé, pero Fontanarrosa es bueno siempre, de esos autores queridos porque dan la impresión de no errar nunca ni un penal, para decirlo con el argot futbolero que a él le es tan querido.
De la FIL recuerdo un par de anécdotas. 1) Cuando en una mesa redonda Rius, nuestro insigne monero, confesó su extrañeza al ver por primera vez al Negro Fontanarrosa. “No entendí por qué le dicen así, pues es de piel mucho más blanca que la mía. Supuse que era otra exageración de los argentinos”. Fontanarrosa respondió: “Bueno, en la Argentina al que no es rubio rubio con toda facilidad le dicen ‘negro’; ahora que eso se le dice de cariño, sin intención peyorativa alguna. Sin embargo, si a uno le dicen ‘negro de mierda’, la cosa va distinta, hay que entender que aquello no es precisamente amable”. 2) En una mesa redonda de mujeres caricaturistas, Fontanarrosa estaba entre el público, ocupando la primera fila. Cuando llegó la hora de las preguntas, alguien pidió que hablara el argentino. Le llevaron pues el micrófono inalámbrico hasta su silla de ruedas y como habló sentado, los de atrás no lograban distinguirlo. Surgió entonces un grito: “¡Párate, Fontanarrosa, para verte!”. Aquejado por una enfermedad que lo hace depender de una silla móvil, el Negro respondió a tal grito con un humor más negro que su mote: “En un rato más me pondré de pìe, claro, y de paso haré ejercicios gimnásticos en el escenario”. Un tipazo.